Hola. ¿Me reconoces? Soy yo quien te habla. Soy la Ermita de Nuestra Señora del Ara. No quiero ser coqueta, pero hace tiempo que soy conocida como “la Capilla Sixtina de la Baja Extremadura”. Esto es porque, según los que me han estudiado, soy la única ermita de España cuyo interior está totalmente decorado de antiguas pinturas, desde arriba hasta abajo. Y no es por presumir, pero me gustaría que supieras que un fuentelarqueño que me quiere mucho, incluso me ha descrito como “un diamante perdido en la sierra”.

 

Soy tan vieja, que mi origen es incierto, y se pierde en la niebla de la leyenda. Ni yo misma conozco mi edad, ni quién puso mis primeros cimientos. Esto suele suceder con los templos más antiguos, como yo. Los arqueólogos creen que posiblemente fui un lugar de los llamados “mágicos”, ya mucho antes de la cristianización de la península, donde se rendía culto a las fuerzas sobrenaturales. Uno de los llamados “lugares de poder”, en las estribaciones de Sierra Morena, que en su origen tuvo relación, sin que quepa duda alguna, con el cercano manantial hoy conocido como “la Madre del Agua”.
Los nacimientos de los arroyos y los ríos, eran tenidos como lugares poderosos, y relacionados con lo sobrenatural en el mundo precristiano. Y la cercana Madre del Agua da nacimiento a la Rivera del Ara, por lo que mi relación con ese manantial es tenida como indiscutible por los expertos. Fíjate si soy vieja.
Tras esa fase primitiva, prerromana y precristiana, los técnicos de la Junta de Extremadura que durante varios años me restauraron, vieron en mi edificio, y en su entorno, indicios razonables que apuntan a la posibilidad de que también fui un templo romano. Mi propio nombre, “Ara”, que en latín significa “altar”, o “piedra del sacrificio”, parece insinuar que algún día fui una de aquellas aras romanas, lugares típicos del culto pagano en la antigua Roma. Pero no voy a abrumarte con la ristra de datos técnicos que estos expertos aportaron. Sólo quiero que sepas que, como sucede con todos los templos de gran antigüedad, he ido cambiando de culto religioso a lo largo de los tiempos, aprovechándose siempre mi edificio a la hora de instaurar el nuevo culto, de forma que cada civilización ha dejado en mí su huella. Y esto se comprobaría si, alguna vez, alguna entidad, privada o estatal, por fin llevase a cabo la necesaria excavación que aclarase todos los misterios que me envuelven.Más tarde, tras mi posible fase como templo romano, se ve muy posible una etapa visigoda, en la que fui templo paleocristiano (es decir, iglesia del culto cristiano primitivo). Y posteriormente, con la islamización de la península, los expertos constatan una fase de culto musulmán entre mis muros vetustos.
Después, con la Reconquista, se da casi por hecho que volví a ser santuario cristiano, una ermita corriente de estilo gótico mudéjar. De esa época, precisamente, data esta antiquísima tabla gótica que se conserva en mi sacristía, datada entre los siglos XIII y XIV, o tal vez de los primeros años del s. XV.
La tabla gótica representa la leyenda entrañable de las sucesivas apariciones de la Virgen a la princesa Erminda, y a su padre, el rey moro Jayón. Una leyenda que la gente de toda esta comarca siempre tomó como cierta, y que aún hoy sigue teniendo, para los que crecieron con ella, ese calor que les une al recuerdo de sus mayores, que ya no están, y que con tanto amor e inocencia se la transmitieron.
Esta valiosa tabla gótica, está considerada como el objeto más antiguo que albergo entre mis muros.Ya a mediados del siglo XIV, por fin, se me cita por vez primera en un documento escrito. Se me menciona, de pasada, en el Libro de la montería, del rey Alfonso XI. Es como mi “Partida de Nacimiento”, pues al día de hoy no existe ninguna referencia documental anterior acerca de mi existencia. Ya era hora.

En dicho libro, se me describe ya como una ermita destinada al culto mariano, aunque mi aspecto debía ser aún muy distinto al actual. Y dada mi ubicación, en el territorio bajo-extremeño santiaguista, se deduce fácilmente que tras la Reconquista fui reconvertida en santuario cristiano a cargo de la Orden de Santiago.

Como se infiere de las minuciosas descripciones que hallamos en los Libros de visita, que recogen las sucesivas inspecciones de los “visitadores” de la Orden de Santiago, en lo más básico soy la misma ermita que mandó reedificar, poniendo él “de lo suyo”, el prior santiaguista García Ramírez, ya a finales del siglo XV.

De esta época de la reedificación datan las pinturas geométricas de mi zócalo, que son las más antiguas que albergo, y que se describen como “de un valor patrimonial incalculable”, dado que son un tipo de pinturas geométricas únicas en la Península Ibérica, exceptuando algunas de las que vemos en el palacio episcopal de Llerena, que diríanse hechas por la misma mano.
Estas pinturas geométricas de mi zócalo no sólo son las más antiguas que albergo, sino que son también las de mayor mérito artístico. Y además, están realizadas al fresco, a diferencia del resto de las pinturas, que se hicieron al temple o al óleo, técnicas mucho más fáciles y de menos calidad que el fresco. De hecho, estas pinturas geométricas de mi zócalo, siendo con diferencia las más antiguas, son las que mejor resisten el paso del tiempo.
A partir de este momento en que me reedificaron, se me fueron añadiendo diversas arcadas y dependencias a lo largo de casi cuatro siglos, mezclándose mi estilo gótico mudéjar original, con el mudéjar renacentista y el mudéjar barroco. Siempre con ese toque del mudéjar llerenense, al ser la cercana Llerena el centro santiaguista del que dependí, hasta la desaparición de la Orden de Santiago, ya a mediados del siglo XIX, momento a partir del cual pasé a ser administrada por el Obispado de la Diócesis de Badajoz.
En todo este proceso, mi momento de mayor lujo y esplendor fue el siglo XVIII. Mis arcas debían estar rebosantes de caudales en esa época, a juzgar por el derroche de arte con que mis muros se enriquecieron. En esa época se me añadió mi lujoso camarín, mi esbelta espadaña, mi precioso retablo de estilo churrigueresco (es decir, del Barroco Tardío), mi elegantísimo coro de estilo rococó, así como la mayor parte de mis pinturas.

Pero mi mayor alegría no es mi valor artístico y patrimonial. Mi mayor gozo no es ése. Aunque puedo presumir que he sido declarada „BIEN DE INTERES CULTURAL en la categoría de monumento“ por decreto 171/2018, de 16 de octubre, mi mayor orgullo no es precisamente ese. Pues mi mayor alegría es cobijar en mis entrañas esta antigua imagen “de candelero”, de la Dama de la Jayona, datada en el siglo XVIII, que desde hace siglos es objeto de veneración en toda la baja Extremadura, y cuya fama y devoción trascienden el tiempo y el espacio. Esta imagen tan pequeña, que para los que la queremos, es tan grande.
Ella nos espera siempre aquí, presidiendo el hermoso retablo, escoltada eternamente por las imágenes legendarias de Erminda y Jayón, que adoptan idénticas posturas que en la antiquísima tabla gótica, pues a semejanza de dicha tabla fueron esculpidas, y como complemento teatral del retablo churrigueresco.

Ahora que ya me conocéis un poco, tal vez me miréis con ojos diferentes. Y ahora que ya sabéis algunos de mis secretos, espero que os encariñéis conmigo. Y si me cuidáis y me dais buen trato, seguiré aquí, a vuestro lado, cobijando la imagen más querida de esta sierra. Desafiando, en silencio, el paso de los siglos.

Manuel Vilches